Autoconfesión de la ciudad de San Juan de Pasto sobre la realidad desde su historia, los flujos, los aspectos naturales, la cultura y la vida urbana; se presenta un itinerario crítico aleatorio, en el que se insinúa una perspectiva impregnada de emoción; la percepción de la ciudad sobre sí misma como una especie de confesión monacal a partir de la denuncia de sus intimidades y de sus frustraciones.

 

 

“Cuando comprendes que no eres el centro, también comprendes que no hay un centro en la existencia o que el centro está en todas partes. O no hay centro y la existencia existe como totalidad, como integridad sin centro, o cada átomo constituye un centro. El místico y teósofo alemán Jacob Boehme dice que el mundo está lleno de centros, que cada átomo es un centro, y que no existe la circunferencia…centros por todas partes y ni una sola circunferencia. Existen estas dos posibilidades. Ambas significan lo mismo; únicamente los términos son diferentes y contradictorios, pero en primer lugar tienes que convertirte en centro.”

 

 

De:

La ciudad de San Juán de Pasto

 

Para:

Mis ciudadanos, saltimbanquis, oficinistas y artistas; presos y reinas; maricas y concejales; alcaldes y prostitutas; enanos y negociantes; estudiantes y conductores; ventrílocuos y periodistas; desplazados y mercaderes; indigentes y gerentes; señoras y señores perdidos en la ciudad y que ya son parte del paisaje

 

 

 

Carta desde el centro de la periferia

 

Desde hace casi quinientos años y después de haber sido escenario de cruentas batallas con armas, de días soleados y lúgubres también, después de haber pasado por períodos de armonía con mis alrededores y ahora soportar las luchas por el dinero y el poder, quiero decirles unas cuantas palabras de lo que siento que ha sido mi destino y mi vida. Estas palabras no pretenden nada, ni configurar un nuevo rostro, ni ser retórica para ningún alcalde, ni siquiera que se tome partido inmediato sobre lo que siento y me sucede. No, simplemente como el diván de los humanos, esta carta es tónico para el desahogo, porque aunque he tratado de comunicarme con ustedes de diferentes maneras a lo largo de mi historia y de mi edad, pocas veces he sido entendida o escuchada, y se me ocurre oportuno este evento para lanzar mis palabras al aire.

 

Soy como una madre prolífica, no hago más que parir ciudadanos, y como si fuera insuficiente recibo adoptivos e intermitentes, todos hijos anónimos y amontonados que sin importar ni procedencia ni estatura se convocan en mis espacios abiertos para lo colectivo y en los cerrados para la intimidad, en donde los prestidigitadores y la señora que va a la tienda y al mercado se cruzan a diario armando la vida en las ventanas, en los balcones y en las terrazas cuando los edificios son bondadosos para dejar conversar con los demás.

 

El pretexto para contar lo que quiero serán los hechos físicos que me dan definición como el subterfugio más legible de mi existencia, pero indudablemente refiriéndome a los hechos humanos que se han sucedido sobre mis intersticios, como producto ineludible de la acción social y entendiendo que toda la configuración con su belleza y sus cicatrices no son más que el reflejo de la vida que transcurre en mi lecho.

 

La complejidad del espíritu urbano se torna contradictoria en cada acto, en cada extremo, en cada detalle, porque si hay algo que se aproxime a la complejidad anteponiéndose a la sencillez, es mi vida de urbe, escenario de confrontaciones y de amores imposibles, telón de fondo para vidas absurdamente unidas en lo aleatorio del tiempo y del lugar. Parezco demostrar permanentemente que la voluntad humana no existe, que el tiempo esculpe la vida de los hombres como el viento a la roca. Vidas que se cruzan tan cerca pero que permanecen tan lejos.

 

La complejidad del espíritu urbano se torna contradictoria en cada acto

 

 

Jaime Alberto Fonseca González

Docente del Departamento de Arquitectura de la Facultad de Artes de la Universidad de Nariño

 

 

 

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