Las metáforas de los ríos y los silencios

 

 

Así como hay dispositivos de ocultamiento en la sociedad colombiana, Juan Manuel Ehavarría, acompañado en parte de su recorrido por Fernando Grisalez y por quienes le colaboran en la Fundación Puntos de Encuentro, ha creado dispositivos de visibilización, que tienen la forma de las metáforas.

 

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“Retratos” Fotografía: Galería Juan Manuel Echavarría.

En, “Retratos, por ejemplo, la serie fotográfica de 1996, agudiza nuestra mirada para que podamos entender la indiferencia con la que los transeúntes veían esos maniquíes desvencijados y rotos que exhibían la ropa para la venta en el barrio Veinte de Julio de Bogotá. La misma indiferencia con la que muchos colombianos y colombianas vemos a los desplazados del conflicto armado interno en las esquinas de nuestras ciudades, sin percibir las marcas que ha dejado en ellos y nosotros la guerra, la cual, según las palabras del artista, ha sido “normalizada” en el país (Ibídem, p, 11).

 

Esta metáfora visual y artística de los “Retratos” se convierte en metáfora vital, alrededor de la muerte, en Requiem NN. O como le dice Juan Manuel Echavarría al profesor Matthieu de Nanteuil, de la Universidad Católica de Lovaina, en una hermosa y profunda entrevista, las tumbas de Puerto Berrío, corazón del Requiem, muestran como los seres humanos, sin nombre conocido, rescatados de las aguas del Río Magdalena por los rivereños, se “humanizan en la muerte” (p. 214). En el muro construido por las mujeres y los hombres que se resisten a renunciar al duelo, para albergar los restos anónimos de quienes perecieron a causa de la guerra interna, se pueden observar las tumbas adornadas con nuevos nombres, bajo la promesa nunca hecha de un milagro. En el del Magdalena Medio, la muerte muta como la vida. Una vez cumplida la promesa por el navegante fantasmal del río, el sepulcro es adoptado por otra u otras personas para recomenzar el proceso interminable de darle sepultura al país sacrificado en el altar de la violencia. No ha habido poder civil o eclesiástico capaz de detener la metáfora vital en el cementerio de Puerto Berrío. Frente a ella, Juan Manuel Echavarría, como lo ha dicho varias veces, “no puede dejar de fotografiar lo que no debe olvidar”.

 

 

 

 

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Cantores Bocas de Ceniza. Fotografía: Galería Juan Manuel Echavarría.

 

En el video “Bocas de Ceniza”, 2003-2004, las voces de las víctimas se vuelven cantos de resistencia frente al olvido. La metáfora adquiere la forma del testimonio, la denuncia y la búsqueda de la verdad. No podemos dejar de ver los ojos, la expresión y el rostro que nos interpela, ni las letras de todas las masacres, representadas por la tragedia de Bojayá. Las tonadas son llanto contenido y desconcierto. Las miradas, recriminaciones. La tristeza del juglar desborda la nuestra y la hace insustancial. La cámara fija, inmóvil en un primer plano, logra la profundidad humana que nos niegan los noticieros radiales y televisivos. El conflicto armado interno adquiere cuerpo, carne y espíritu, deja de ser esa abstracción que puede ser negada. Rafael Moreno, Luzmila Palacio, Domingo Mena, Vicente Mosquera, Noel Gutierrez, Nacer y Dorismel Hernández son nuestras madres, nuestros vecinos, nuestros hermanos, nuestros compañeros de colegio, nuestros colegas; somos nosotros mismos en esos 18 minutos y 15 segundos que corren frente a nuestros ojos. Desde que lo vi la primera vez incorporé sus trovas a la conciencia colectiva que me constituye. La guerra se me volvió más visible, la violencia del conflicto armado intolerable, la memoria y la verdad de las víctimas una obligación. Luz Mila canta y su voz es el reclamo de una Colombia invisibilizada:

 

“Ay Juradó no me hagas sufrir

… que me muero de dolor y no puedo resistir.

… En Juradó no había tiempo de tristeza

… toda su gente era alegre y cumbiambera

… Pero la guerra acabó con la alegría

… y los cilindros cerraron la frontera”.

 

 

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“La Guerra que no hemos visto” Galería Juan Manuel Echavarría.

 

No obstante, Noel Palacios, el mismo que canta en Bocas de Ceniza, Fernando Grisalez y Juan Manuel Echavarría sabían que los dispositivos del ocultamiento eran persistentes y redundantes. Por eso, entre 2007 y 2009 realizan un proyecto sorprendente. Le suministran vinilos, pinceles, lápices, borradores-materiales y tablones de madera a excombatientes de las fuerzas armadas, los paramilitares y las guerrillas para que pinten el horror de “la guerra que no hemos visto”. Las imágenes de los victimarios confirmarían la verdad de las víctimas. Después de ser plasmadas como pinturas en los retablos, el negacionismo quedó condenado al universo del engaño y la mentira.

 

Basta recorrer cada uno de los cuadros, descubrir, en medio de los paisajes exuberantes, los hornos crematorios, las masacres o los cuerpos descuartizados, para saber que la verdad no puede vivir oculta. Cada obra es la metáfora de la confesión de los victimarios. Pero los pintores, en su franqueza, son soldados o militantes rasos. Los autores intelectuales están al otro lado de las fronteras imaginarias de la civilidad. Son “hombres y mujeres de bien” que no dejan ver su cara invisible. El lado oculto sale a la luz para que algún día el conjunto de la sociedad pueda pintar a los victimarios ausentes y los pueda distinguir de soslayo, como Perseo a la Medusa, sin que lo petrifiquen; de acuerdo con la sugerencia del autor de esta exposición en el diálogo con el profesor de Nanteuil.

 

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“Silencios” Fotografía: Galería Juan Manuel Echavarría.

 

Al final solo queda el silencio. La metáfora de la ausencia, según el análisis de Marie Estripeaut-Bourjac (“Los silencios de Juan Manuel Echavarría. Una simbólica de la ausencia”. En: Trahs, número especial Nº 1, 2017, pp. 62-73). Las escuelas abandonadas en los Montes de María y en otras partes del país, de este país, hablan de la educación como otra víctima del conflicto armado. Ante los tableros que aún se mantienen en pie, no hay niños, ni maestros, ni cuadernos, ni bullicio. Tal vez un asno comiendo hierba, o la ropa colgada de los nuevos habitantes de las escuelas. En una pared falta una letra del abecedario, la “O” del asombro, en otra vemos un mapa maltrecho de Colombia. Detrás del palimpsesto formado por el tiempo en la pizarra, se asoma un mensaje que habla de la importancia de estar vivos. Observamos el silencio que queda después de la guerra o entre un combate y otro. Hasta la ausencia del sonido se vuelve visible. “Quiero asegurarme que no sea el vencedor el que hable en mis trabajos,” dice Juan Manuel Echavarría (Op. Cit: p. 6). Puede tener la certeza de que en su obra los vencedores no tienen la palabra; habla el vencido, incluso en el silencio o en el pincel del victimario.

 

Gracias a la Universidad de Nariño, a su Asamblea Universitaria, a Juan Manuel Echavarría y a la Fundación Puntos de Encuentro podemos mirar de soslayo lo invisible en esta magnífica exposición sobre los ríos y los silencios en el conflicto armado colombiano.

 

Pasto, 8 de marzo de 2019.

 

 

Leopoldo Múnera Ruiz*

 

*Profesor Asociado de la Universidad Nacional de Colombia, Departamento de Ciencia Política, Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales; coordinador del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea (TEOPOCO) de la misma institución. Miembro internacional del CriDIS (Centre de recherches interdisciplinaires. Développement, Institutions, Subjectivité) de la Universidad Católica de Lovaina

 

Hacer visible lo invisible. Los dispositivos de ocultamiento (I Parte)

Hacer visible lo invisible. La Universidad de Nariño y su Asamblea Universitaria (II Parte)

 

 


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