El concepto de posacuerdo es más apropiado que el de posconflicto, porque los conflictos sociales permanecen en distintas formas; lo esperado que se termine con el acuerdo de La Habana, entre el Gobierno colombiano y la insurgencia, es una forma de conflicto: el armado.  Propongo que hablemos de tejer la paz y no de construirla, porque construir es un proceso mecánico y finito, mientras que tejer es un proceso complejo, prolongado y paciente, que reivindica a nuestros ancestros, a nuestros artesanos y a nuestras abuelas.  De otra  parte, el silenciamiento de los fusiles es nacional, mientras que el tejido de la paz ha de anidarse en el territorio.

 

Los territorios tienen sus particularidades y, por ello, el tejido de la paz en condiciones de vida dignas debe responder a esas particularidades.  Y en un departamento agrícola como Nariño, el tejido de la paz debe enredarse en el campo.  Los datos oficiales de Nariño hablan de un 52% de la población en el sector rural y este porcentaje puede ser aún mayor si lo calculamos según la nueva ruralidad; muchas cabeceras municipales son realmente rurales. Además, debemos tener en cuenta que las causas esenciales de la guerra colombiana se encuentran en el sector agrario, como las identificó la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas.

 

La paz en el campo debe ser tejida a través de lo que en el primer punto acordado en La Habana, han denominado “Hacia un Nuevo Campo Colombiano: Reforma Rural Integral”.  Una condición de este proceso es sin duda la persistencia del campesino –así se plantea también en el acuerdo mencionado–, en las condiciones actuales, no se trata de industrializar el campo ni de escoger la manera de incrementar la productividad del trabajo sino de que los campesinos sigan existiendo, pero con un modo de vida distinto.  Las opciones que tuvieron lugar en Europa, en la Revolución Industrial, consistentes en industrializar el campo y proletarizar al campesino, ya no tienen validez, entre otras cosas porque ya no hay industria capaz de absorber como obreros a la masa de campesinos existente.  Como muestra el pensador egipcio Samir Amin, en un libro extraordinario llamado El virus liberal:

 

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La entrega de las tierras al capital significará, para el campesino actual, el paso de la pobreza a la miseria absoluta”. AMIN, Samir (2007) El virus liberal, Barcelona.
Fotografía de Jaime Cañizares

 

“La producción campesina [en el mundo] ocupa a 3.000 millones de seres humanos, con una productividad muy baja, producen 70% de la comida del planeta.  A pesar de la baja productividad de la producción campesina, debemos defenderla del capital, porque su aumento de la productividad no significará mejores condiciones de vida para los actuales campesinos sino su ruina.  La entrega de las tierras al capital significará, para el campesino actual, el paso de la pobreza a la miseria absoluta”*.

 

La opción, entonces, es que los campesinos nariñenses lo sigan siendo, igual que las comunidades indígenas y las afrodescendientes, pero no en las condiciones actuales sino buscando el bienvivir.  Afortunadamente, Nariño cuenta con un excelente punto de partida que son sus múltiples riquezas, entre ellas la multiculturalidad que ofrece conocimientos diversos y formas organizativas solidarias.  Además Nariño cuenta con una distribución del suelo en forma relativamente democrática, la pequeña propiedad rural y la propiedad comunitaria, en su conjunto, representan el 84% del total de hectáreas de la superficie rural.  Queda, por supuesto, por garantizarles a las familias campesinas la cantidad de tierra suficiente para que ellos se proporcionen una vida buena.  Se entiende, claro está, que la propiedad de la tierra no lo es todo, además el Estado debe garantizarles a los habitantes del campo las condiciones adecuadas en educación, salud, vías de transporte, etc.

 

Este futuro deseable no es solo un conjunto de formulaciones teóricas sino un trabajo colectivo de la comunidad, el gobierno y la academia.  Es aquí donde la Universidad de Nariño tiene que jugar un papel fundamental, es la oportunidad de llevar a la práctica la convivencia responsable en la región con nuestro paradigma Universidad-Región, es decir, llevar la Reforma a la vida de la comunidad.  Ya es tiempo de que tanto la Administración Central de la Universidad como los programas empiecen a reflexionar teóricamente en esta tarea, para que, firmado el Acuerdo de La Habana, la Universidad se convierta en uno de los sujetos tejedores de la paz.

 

 

 

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