…vuelvan a mirar el estrecho valle que me guarda, el trozo de sur que le pertenece a todos, las calles en las que se fuga cada amor

 

 

Mis Hermanas

 

También me convierto en anhelos, en sueños y en metas de las personas. A veces me erigen como paraíso para poder vivir, como los oasis en el desierto. Así la pretensión de vivir en alguna hermana diferente a mí, oculta mi realidad de hábitat, desvirtúa mis bondades y los atractivos de mis rincones y de los parques pequeños y desolados o hacinados de la realidad. Como ciudadanos desarraigados y ajenos al lugar que viven, las personas que tienen el ojo puesto en otro centro, en otro escenario, constatarán que el lugar en el que se vive o en el que se vivió contiene parte de la historia que no se puede borrar. Los políticos y títeres administradores son los más susceptibles en hacer de mi piel su batalla y luego saltar de mi trampolín al ruedo de sus anhelos.

 

Lo increíble de mi naturaleza es que como organismo físico, social y político de un orden humano me convierto en la condensación de los límites más allá de mi territorio, desbordando los paramentos de los sueños de quienes me habitan, convirtiendo mi historia en la historia de pueblos enteros, moviendo la cultura por cuanta imbricación se escabulle del orden y de la regularidad, de la monotonía de la racionalidad moderna. En cada uno de mis surcos, en cada hendidura, surge una flor para refrendar el espíritu original del lugar que el cemento me atropelló.

 

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La ciudad mirándose a sí misma.

 

Yo San Juan de Pasto, como una persona más adopto la postura de mis habitantes, así como los habitantes se ponen mi traje. Los edificios y los personajes, las plazas y el clima, las fechas y las calles, las noches y las fachadas, los precios y los intercambios se vuelven elementos y rasgos en mi rostro en los cuales con el tiempo se me identificará y se me reconocerá, como las arrugas y como las canas en las caras de mis hijos, la tribu de los urbanitas.

 

 

Mi Pesadilla

 

Parece ser que no saben, ciudadanos de mi piel, que todo cuanto genere consumo superfluo y dilapidación irá a parar a sus propios patios, a su propia casa y habitáculo. No importa a qué alcurnia pertenezcan, ni siquiera su estatura, pues el equilibrio cósmico es ineludible como el día y la noche. Soy con mis hermanas el escenario donde converge de manera cruda el consumo y su afán. Se destruyen bosques y se secan aguas, pero se producen dinero y plástico para atiborrar el suelo y el agua tanto como la satisfacción del ego. ¿Hasta cuándo se entenderá que el hombre y el hambre no son sinónimos pero que mi suerte, sin más razón al aplastar mi naturaleza, lo que hace es nutrir el desierto? ¿Cómo no entender que la economía a la que hay que dirigir la mirada no es la financiera sino la cósmica?

 

 

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La Ciudad detrás de los muros. Los edificios y los personajes, las plazas y el clima, las fechas y las calles, las noches y las fachadas, los precios y los intercambios se vuelven elementos y rasgos en mi rostro.

 

 

Dice otro de mis amigos entrañables, el ingeniero Eladio:

 

“Desarrollo, ¿qué es desarrollo? ¿es deseable el desarrollo? Los técnicos en la materia hablan de productos per cápita, nivel sanitario y educacional, distribución por edades de la población, etc. ¿Alcanza todo esto? Creo que no. Es desarrollo, desarrollo deseable, todo lo que lleva a que el hombre sea más feliz y se realice más plenamente. El que conozca lo que se llaman países desarrollados, aunque sea superficialmente, sabe cuánto de ese desarrollo es pura vaciedad y tontería, puesto que nada tiene que ver ni con la felicidad ni con la plenitud del hombre… Por eso cuando hablamos de desarrollo, no debemos perder de vista los fines eternos del hombre. Y es en el hombre, en el valor del hombre y de su misión de humanizar y transformar el mundo, donde podemos estar de acuerdo, los que tenemos distintas posiciones religiosas o filosóficas. Es esfuerzo bien gastado todo aquel que lleve al hombre a ser más feliz, a ser más hombre. Por eso está bien gastado el esfuerzo dedicado a la ciencia, al arte, al cuidado de la salud; a hacer de la tierra, de nuestros campos y nuestras ciudades, de veras el hogar del hombre…

 

Con lo que suele entenderse por sencillez y economía no vacilo en asegurar que no basta: lo que se llama sencillez es más bien simplificación indebida y la economía se refiere al dinero y a sus manejos; es economía en un sentido financiero. Lo que hagamos debe tener algo que podríamos llamar economía cósmica, estar de acuerdo con el orden profundo del mundo, y sólo entonces podrá tener esa autoridad que tanto nos sorprende frente a las grandes obras del pasado. Esto es lo que olvidan o no quieren que se les diga muchos de los prácticos caballeros que nos manejan: que hay una masa enorme de gente en el mundo creando riqueza, tratando de ajustarse a su orden profundo, y que es esa riqueza la que luego dilapidamos con el descuido, la finanza y la especulación. La felicidad y la plenitud humana no se construyen sólo con el conocimiento de la física; el volver a hacer de la ciudades y de los pueblos recintos humanos y no máquinas infernales de las que huimos los fines de semana, no requiere tanto una técnica supercompleja, como imaginación y comprensión de lo que debe ser esa ciudad y ese pueblo. Conciencia de que lo que hagamos en el espacio, tiene, querámoslo o no, una elocuencia que nos habla…”[1]

 

Si existe una forma de medir la dignidad de la vida de un ser como yo, ese termómetro, ese parámetro de medida es la vida de los niños, habitantes enanos y olvidados en la concepción de las urbes, seres extraños al concreto pero que se hacen con él, enanos malabaristas, algunos juguetones y otros aspiradores de pegamento aletargador, para no sentirse excluidos de la comida, que se confunden en la jungla con los ejecutivos de cuenta. Las calles ahogan los sentimientos, y la ciudad “endurece las palabras de amor”; de las ciudades se dice que somos civilización, que somos identidad, la de la contradicción, la de los anhelos, la que contiene la historia, de la que brotan los sueños y la soledad, anónima y compleja, madre de vuestras vidas…

 

Esto es un poco de lo que quería eslabonar con palabras, para que ustedes ciudadanos y transeúntes que me habitan junto con los verdes multicolores que aún quedan; con el inmenso volcán; con estadios inconclusos y plazas sin carnaval; con el río nublado; con los panes exquisitos; con los helados más fríos que mis calles; con las cúpulas desafiantes a la fe, subyugadas ahora por las estructuras de fierro en naranja y blanco buscando señales satelitales; con los parques hacinados; con los artesanos inmensos y aferrados; con los arribistas buscando ser de otros lados y gritando en tierras extrañas que en mi piel no se puede hacer poesía; con mis hijos adoptivos que se enquistan en sus calles; estas palabras eslabonadas para que vuelvan a mirar el estrecho valle que me guarda, el trozo de sur que le pertenece a todos, las calles en las que se fuga cada amor, el territorio que se funde entre Cujacal y San Andrés, el telón de fondo que se pierde entre Santiago y Tescual, la que se escapa por Pandiaco y se escurre por el Mijitayo.

 

Estas las palabras del poeta y profeta resumen mi anhelo para vuestra casa, para vuestro patio, para vuestra vida:

 

Pero vosotros, hijos del espacio, vosotros, los inquietos en medio del reposo, no seréis capturados ni domados. Vuestra casa no será un ancla, sino un mástil. No será un velo resplandeciente para cubrir una llaga, sino un párpado que proteja el ojo. No replegaréis las alas para flanquear una puerta, ni bajaréis la cabeza para no tocar los techos, ni temeréis respirar ante el miedo de que los muros se agrieten y derrumben. No habitaréis tumbas construidas por los muertos para los vivos.

Y aunque hecha con magnificencia y esplendor, vuestra casa no podrá contener vuestro secreto ni cobijar vuestra nostalgia. Porque aquello que es infinito en vosotros en el castillo celestial habita, su puerta es la bruma de la mañana, y sus ventanas son los cánticos y silencios de la noche.”[2]

 

Atentamente, La muy noble y muy leal ciudad de San Juan de los Pastos.

 

 

Jaime Alberto Fonseca González

Docente del Departamento de Arquitectura

Universidad de Nariño

 

Aquí → Carta de la ciudad de Pasto a sus ciudadanos (I Parte)

 

 

[1] ELADIO DIESTE. La estructura cerámica. Colección SOMOSUR No 1. Editorial Escala Bogotá Colombia 1987

[2]GIBRAN Khalil. El Profeta. Ediciones Urano Barcelona España. 1985.

 

 

 

 

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