Talvez sea exagerado pedir que la justicia de los jueces fuese como la conciencia humana que siempre está persiguiendo a los que obran mal, a los corruptos, a los que ejercen la maldad en toda su dimensión. El mismo hombre se condena a través de la conciencia, pues la conciencia se convierte en el juez y en la cárcel del silencio. La conciencia como juez es implacable, ella no entiende de impunidad, ella no se puede silenciar, ella es la voz de la justicia.

 

Podemos difamar, ultrajar, calumniar, ofender, maltratar, acosar, cometer todo tipo de delitos, y talvez no ser perseguidos por autoridad alguna, pero la conciencia está allí, de su fallo interior no podemos liberarnos. Ella juzga y condena y a cada instante nos reprocha las malas acciones. Se ha dicho desde siempre que la conciencia es Dios en nuestro interior, ella es la presencia ignorada de Dios.

 

Ella, la conciencia, también nos alerta, nos previene, nos anuncia, nos habla en su gran mutismo cuando estamos procediendo indebidamente. A ella no le podemos huir, no le podemos negar nada. Talvez desobedecerla si, cuando nuestra soberbia, nuestros impulsos y altanerías nos conduce a transgredir, a masacrar haciendo impropia la humildad. La crisis de la justicia exige que el hombre y la sociedad atendamos prioritariamente al llamado de la conciencia. La conciencia social es la panacea que depura la justicia y lleva al cambio. Es un desafío enérgico contra la apatía, contra los desórdenes éticos y el poder destructor. Ella siempre se está ciñendo la toga de juez.

 

Sin lugar a dudas que ante una conciencia bien estructurada, el hombre se dispone a ubicarse en los planos materiales y espirituales. De esta forma siembra las bases para cualquier transformación, para ejercer juicios correctos acorde a los acontecimientos que enfrentemos. Cuando no se tiene una conciencia clara, donde impere lo justo, esa conciencia sufre la presión de la sociedad para acomodarla a sus intereses, sufre la manipulación de las instituciones públicas y privadas.

 

Cada hombre vive su propio laberinto y con base a su libertad determina salir o no de él. La libertad es un camino amplio, pero también puede hacernos desviar, puede hundirnos. Sartre nos recuerda que “somos esclavos hasta de nuestra propia libertad”. La parte esencial de nuestra humanidad es la conciencia, ella imprime carácter y le reclama al hombre a cada instante. La conciencia es el habitáculo donde reside la libertad, sus miedos, sus retos, sus temores. La fuerza de la conciencia es tan profunda en el hombre, que ella, la conciencia, se convierte en su camino a la trascendencia, con la presencia de Dios que el hombre ignora o lo induce a los infiernos de Dante.

 

Un proverbio español dice “la conciencia es a la vez testigo, fiscal y juez”. En la vida diaria la conciencia actúa mediante la ley natural que apunta sobre lo bueno y lo malo. Se dice que es ley natural porque está implícita generando juicios prácticos, o fruto de la inteligencia humana que pondera los hechos con prudencia. La ley natural, ley de la vida se fundamenta en la ética. La dignidad humanidad lleva a una presencia que consiste en acudir a la voz de la conciencia, a su razón práctica. La conciencia bien entendida es la instancia que rodea el más preciso juicio sobre lo recto o lo no recto. No obedecer a la conciencia es el camino que enmarca las más injustas sentencias, pero sobre todo nos persigue incansable por la senda de la cárcel de la vida angustiosa.

 

Reflexionando, dada la trascendencia del acontecer violento, corrupto y de los delitos que han inspirado a políticos, empresarios, gobernantes y otros socios de la cadena de transgresores nos lleva a mirar dicho panorama para que el sentir de los hechos nos permita mirar horizontes de transformación en el interior del hombre para no seguir haciéndonos sordos y ciegos con la vivencia del dejar hacer, dejar pasar.

 

De otro lado, hoy es común encontrar un espectro de escépticos que no dudan en desconocer la fuerza de la conciencia. Este escepticismo es producto de la oleada tecnológica, los placeres mundanos, el avance de la ciencia y el consumismo, poniendo al hombre como el homus deus. Por eso muchos de la sociedad no consideran los alcances del bien y del mal, pero sí de las mentiras que gobiernan. Los escépticos entonces, se agrupan en lo corruptico y en la intolerancia. Viven una vida desordenada donde sus conciencias no ejercen ningún freno. Para esta masa en la cual se encuentran dirigentes sociales, de los gobiernos, y nosotros mismos, no existen cambios sociales y menos de espíritu, sus conciencias se rigen por las leyes y normas que ellos promulgan para sus realizaciones persónales, se rigen por dogmas propios para acrecentar poderes, para instaurar ideologías lejos del sentir social y espiritual. Pero ojo…si cada uno carecemos de asociación comunitaria, nos convertimos en apologistas y colaboradores de los escándalos sociopolíticos.

 

Tratar al hombre en su condición humana para determinar lo que debe o no debe hacer, se debe centrar en el estudio de la conciencia humana y su libre elección para ordenar su vida. El hombre de firmeza no hará uso de la mentira, ni se prestará para juicios falsos, ni se dejará arrebatar su libertad. La conciencia como elemento humano está llena de conflictos y contradicciones condicionados por el actuar que propicia quiebres éticos y legales, pero con disciplina y una dirección responsable se llega a organizar la conciencia razonablemente.

 

Lo grave que le puede suceder a un pueblo es que las conciencias de los directivos de sus instituciones no tengan la dignidad y el coraje de esgrimir sus culpas. Pareciera que esas conciencias desde siempre han sido cómplices asociados de actos y actores perversos. Esos dirigentes están comprometidos con el desorden y la corrupción. No existe en ellos orientación para gobernar, ni ejercer política social, ni condición humana que busque el moldear el rumbo de la nación, y su vida personal. La esperanza es el mensaje vital que la conciencia nos transmite si actuamos coherentemente. Ella, la conciencia, es liberación del espíritu en tiempos de violencia e incertidumbre jurídica sistémica, encontrando siempre interlocutores que anhelan un mañana justo para todos, un porvenir lleno de paz verdadera, no un mañana donde a diario emergen bochornosos compartimientos de quienes lideran el paraninfo de la justicia.

 

La conciencia puede ser un juez justo o injusto según se actúe. Decimos de una conciencia integra con base a la certeza de su conducta, lo contrario será una conciencia injusta, esto es, una conciencia confusa llena de pasiones innobles. De acuerdo a como enfrentemos las condiciones sociales, así mismo se tendrá una conciencia para obrar con equilibrio, con justicia, haciendo uso del derecho como elemento social, de valoración y regulación de la vida, impidiendo que no prime privilegio alguno. El ideal es la balanza justa para medir y ponderar lo correcto, lo justo y lo injusto del derecho lejos de toda impunidad.

 

La conciencia humana está en crisis ante el desfalco a los valores y los esclavismos modernos. La ausencia de conciencia crítica produce un malestar crónico que impide un mundo justo y humano. La conciencia es irracional porque muchas veces se aleja de la razón. Si la dejamos al garete, que fluya sin freno, rompe todo equilibrio humano para contrarrestar impunidades.

 

El hombre vive en servidumbre tal como la época romana. El escritor Albert Camus nos recuerda en su obra el hombre rebelde qué “La sumisión reemplaza la rebeldía”, nos coarta para ejercer actos con firmeza, actos de amor, actos de vida honesta, de vida transparente.

 

El esclavismo impide ser lo que somos, personas. Las obligaciones que nos imponen los esclavismos con leyes injustas afectan la libertad de conciencia, pero así mismo también nos permiten ejercer la objeción de conciencia, la desobediencia civil y el derecho a la resistencia constitucional. Por estos medios nos podemos negar a cumplir las normas que afectan la dignidad, la justicia y la violación de derechos. Todos tenemos derecho y obligación a repeler los embates que afecten la conciencia. Y este derecho y obligación también se extiende a quienes gobiernan, administran justicia, a quienes ejercen poder y autoridad, a quienes ejercen actividades de servicio social. Frenar todo brote transgresor es tarea de la conciencia, cuando la justicia humana es incompetente. Los pactos contra lo corrupto son propios si hay voluntad sociopolítica por medio de caminos sine qua non, pues lo contrario es vivir con el flagelo que corre el espíritu humano. Que interesante sería que todos y en especial legisladores, mandatarios y jueces leyeran aquella obra maestra de Henry Thoreau “La desobediencia civil”.

 

La moral y la ética de la conciencia está constituida por un conjunto de exigencias sin los cuales es imposible que ella actué, comportando una desorientación que contamina la sociedad. La sociedad se sumerge en actos desalentadores ya económicos, ya políticos, ya sociales que avivan violencia y crisis de todo género. Pese al escenario apocalíptico, no faltan las motivaciones para la ejecución de una conciencia humanista que haga surgir sobre las ruinas de las injusticias, sobrevivientes que transpiren orden, respeto y dignidad.

 

Concluyamos con el mensaje de Gandhi:

“He desobedecido a la ley no para querer faltar a la autoridad, sino para obedecer la ley más importante de nuestra vida…La voz de la conciencia”.

 

 

Mariano Bernardo Sierra Sierra

Abogado, egresado de la Universidad Libre de Colombia

 

 

 

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